Desde hace ya muchos años me niego a creer que soy lo que me pasa: me rebelo ante la sola idea de admitir que soy una marioneta del destino. No somos títeres. No... Somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que descubrimos y lo que creamos. Somos los protagonistas de nuestra vida, los intrépidos capitanes de un barco llamado "yo", el único que podemos pilotar por estos mares revueltos de nuestro mundo. Pero es en otros mares —los de nuestro mundo interior— en los que podemos alcanzar la paz y la alegría... la gloria e, incluso, la eternidad... Esos mares donde podemos hacer de nuestra vida la suprema expresión de la belleza y del arte.


jueves, 18 de enero de 2018

EL RETRATO DE NARA. 36.- CARITA DE LUNA (ESA OTRA PARTE DE MI MISMA QUE NO SOY YO)


“Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida…”

Madre Teresa de Calcuta (1910 - 1997)


La tarde languidece en silenciosa armonía. Por la ventana aún se cuelan tímidamente unos pocos rayos de sol anaranjados. Nada perturba la paz que reina en la casa…

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Nara dormita en extraña postura, recostada sobre las piernas de su madre. Mira a la pequeña y no comprende cómo puede dormir hecha un ovillo. Hasta en esos momentos la expresión de su rostro le parece increíblemente bella… No solo siente un profundo amor, también le inunda un profundo sentimiento de sorpresa y sincera admiración. Se pregunta como un ser tan menudo y frágil puede desencadenar unas emociones tan intensas y conmovedoras. Y se pregunta qué será de ella cuando su niña deje de ser niña y la cría de hoy se pierda en la noche de los tiempos. Si por ella fuera, elegiría ver a Nara siempre pequeña y revoltosa.

Mira a su hija con exaltada emoción. Acaricia con dulzura su carita de luna y repara en su menudo cuerpecito. Siente que le pide que lo abrace, que lo llene de calor, que lo proteja con exquisita delicadeza, que le dedique esmerados consejos, que recubra su pequeña humanidad de amorosos besos.

Vuela hasta su memoria un viejo recuerdo, de cuando aún vivía su alocada adolescencia. Kira se llamaba… Una dulce gatita a la que rescató de su abandono cuando aún era solo una cría. Esa fue la primera vez que sintió un arrollador impulso de proteger a un ser vivo. Decidió que haría lo necesario para borrar de su carita felina la tristeza que llevaba consigo, y ese gesto suplicando ser protegida. Su determinación fue el motivo de su éxito: aquella gatita vivió feliz a su lado durante muchos años. Justo como haría con su hija. ¡No permitiría que fuera de otra manera!

Pasa el tiempo y se hace tarde… La noche se adueña de la alcoba, y solo la tenue luz de unas farolas se cuela por la ventana. Ya deberían estar cenando pero no quiere perturbar el profundo sueño de Nara. Bien pensado, no quiere que se esfume la magia del momento, esa lentitud con la que pasan los segundos y la vivencia de esa sencilla escena única que, sin embargo, permanecerá en su memoria por el resto de su vida…

Emilio M.

© TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS
(original autentificado)


Oceans Who Lied – Emma
(por Oceans Who Lied)



martes, 12 de diciembre de 2017

EL RETRATO DE NARA. 35.- LA ESPERA


“Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín”

Juan Gelmán (1930 - 2014)


A pesar de abrirse en un gran hueco sobre la pared, aquellos ventanales apenas dejan entrar algo de luz del exterior… Es un día brumoso, plomizo y muy frío. Un día sobre el que pasar de puntillas, sin detenerse demasiado…

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Todo se refleja en diferentes tonos grisáceos, entre el blanco del mobiliario y la negrura de las pequeñas salas interiores que sirven para almacenar un poco de todo. Nada parece real… La escena bien podría ser la representación de un mal sueño. ¡Hasta el silencio que le rodea parece no ser auténtico…!

Por fin toma asiento. La madre de Nara vuelve a mirar a su alrededor y repara en las personas que vienen y van, que se detienen o hablan… Pero no logar oír nada. En su cabeza solo hay silencio y ansiedad.

Inclina todo su cuerpo sobre las piernas y esconde su cabeza entre las manos. Su mente inicia un viaje en el que se arremolinan las imágenes, las palabras, los días, las ausencias, el miedo y ese enloquecedor silencio. Se interroga una y otra vez por la razón de todo lo ocurrido. Se pregunta por qué tuvo que pasar; si no debería ser bastante con lo que ya tuvo que vivir no hace mucho tiempo. Y se pregunta por qué se desvanece el futuro con la exasperante languidez de una vela que terminó su recorrido… ¡sí su niña acaba de dar comienzo a su vida!

Inquiere sobre el número de heridas que debe recibir sin la oportunidad de dar un giro a su destino. Le abraza una aterradora desolación, como si fuera la víctima propiciatoria de espíritus que vagan en ese tenebroso corredor de la muerte llamado purgatorio. Y le asaltan deseos de dejarse llevar, de abandonar, de perderse en la nada, de extinguirse para toda la eternidad, de dar la espalda a la vida para no tener que rendir cuentas, nunca más.

Pero se resiste… ¡No puede aceptar tan injusta situación!
― ¡No, ella no! ¡Por favor, ella no!
Nota una mano sobre su hombro. Se incorpora aún sentada y levanta la vista. Alguien en frente suyo, en pie, le mira sin decir nada, sin retroceder en su cálido gesto. Repara en su mirada, en el afecto que desprende, en la paz que transmite… Por fin siente algo de alivio, en mitad de su terrible incertidumbre. Esta pequeña tregua le lleva a cerrar los ojos y bajar la cabeza nuevamente. Advierte como la angustia le libera de su terrible mordedura. Se sumerge en un embriagador estado de serenidad. Descansa, al fin…

Nota frío cuando la mano es retirada de su hombro, por lo que levanta de inmediato su cabeza. Pero nadie está ya junto a ella. Aunque parezca imposible, aquel ser se ha esfumado como si de un truco de magia se tratara…

miércoles, 29 de noviembre de 2017

EL RETRATO DE NARA. 34.- LAS ALAS DE LOS ÁNGELES…


“Los ángeles del otoño,
con un dedo en los labios,
le ordenan a la vida
que no te despierte”

Hugo Gutiérrez Vega (1934 – 2015)



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Nara juega con la arena intentando construir un foso alrededor del castillo que, hasta hace un momento, construía con la ayuda de su madre. Ahora reposa tranquilamente, tumbada sobre una hamaca, de estas de playa con estructura de aluminio.

Una ligera brisa procedente del mar refresca el ambiente y alivia el calor del sol de mediodía. El Mediterráneo se deja caer con armoniosa suavidad sobre la orilla… Un velero recorta su blancura sobre el azul, allá donde se encuentran mar y cielo.

Aburrida de que se le vaya desmoronando, poco a poco, el castillo sobre el foso, Nara se levanta enojada, como despreciando a la “tonta” arena por no ser capaz de mantenerse en su sitio. Se dirige hacia su madre, toda impregnada del mismo elemento, como si fuera una croqueta gigante. Cuando está a punto de poner las manos sobre la hamaca, una voz firme le detiene en seco…
― ¡No! ¡No! ¡Noooooo…! ¡La señorita se va a ir ahora mismo a la orilla y se va a quitar toda la arena que lleva encima! ―y mira a su alrededor, como buscando algo― ¡Lo que me extraña es que haya quedado arena en la playa con todo lo que te has echado tu encima! ¡Anda! Así nos refrescamos…
La niña mira a su madre con gesto de desgana, pero se dirige resignada hacia el borde del mar convencida de que no podrá tumbarse sobre ella, como pretende, a menos que se limpie. Arrastra sus menudos pies, disfrutando del cosquilleo de la arena en los pies al andar.

Al poco levanta su madre la cabeza para no perder de vista a la pequeña. Sonríe al ver como Nara apenas se adentra en la orilla cuando no están juntas. Se agacha y se enjuaga con parsimonia hasta verse aceptablemente libre de la pegajosa arena. Inicia el camino de regreso, esta vez con cuidado para no mancharse demasiado.
― ¿Puedo, mami?

― ¡Ahora sí! ―sonríe...―
Nara se tumba sobre su madre, encontrando acomodo a lo largo de su cuerpo. Las dos yacen boca arriba, mirando al cielo. Pareciera que el mar se ha vuelto del revés… Observan en silencio unas gaviotas que planean muy cerca. La niña es abrazada con amor…
― ¡Soy una toalla! ―ríe la madre―

― ¡No, mamita! ¡Vamos a volar! ―mientras se libera de los brazos que la arropan―
Las dos, tal como están ―tumbadas sobre la hamaca y mirando al cielo, la niña sobre su madre―extienden al unísono sus brazos, planeando sobre su imaginación.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL RETRATO DE NARA. 33.- LLUVIA DE OTOÑO…


“Dado que el momento presente es infinitamente pequeño,
antes de que podamos medirlo ha desaparecido.
Sin embargo, persiste para siempre”

Alan W. Watts (1915 – 1973)


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Mira triste, Nara… Con la nariz aplastada contra el cristal de la ventana, la pequeña se entristece pensando en lo que podría estar corriendo, saltando y jugando allí fuera.
― ¡No es justo, mamá!

― ¿Qué no es justo? ―soliviantada por la respuesta que ya espera de su hija―

― ¡No es justo!!! ―insiste con mayor rotundidad aún―

― ¡Se puede saber que no es justo!!!
La tarde parece correr con demasiada celeridad hacia su final. Hay en Nara una desazón por dejar pasar el poco tiempo de claridad que aún queda sin salir al parque. ¡Encuentra tan bello todo, en este otoño mágico, como de cuento…!
― Ya he hecho todos los deberes del colegio…

― ¿Y…?

― ¡Pues eso…! ―haciendo aspavientos con las manos, como queriendo dar a entender lo evidente de sus comentarios―

― ¡¿Y qué, Nara…?!!! ¡O me dices ya lo que quieres o dejo de escucharte! ¡Caramba con la niña!!!
Nara vuelve a pegar frente y nariz contra la ventana, y mira hacia fuera como el reo que busca su libertad desde los barrotes de su celda en la cárcel…
― Aún es de día… ¡Podemos ir al parque!!! ―vuelve el rostro para sonreír a su madre…―

― ¡¿Pero cómo vamos a ir al parque si está lloviendo?!!! Solo de andar te pondrías calados de agua los zapatos y los calcetines.
Sale Nara disparada hacia su habitación, cómo si un vendaval la arrastrara. Su madre queda intrigada: ¡qué bicho la habrá picado en el trasero! Le preocupa que se haya ido desconsolada.

lunes, 16 de octubre de 2017

EL RETRATO DE NARA. 32.- DE SILENCIOS, SUSURROS Y RECUERDOS


Al infinito mar de tu pecho…
Al marino sin sombra que lo surca…


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Hace ya tiempo que su hija quedó dormida con la cabeza y medio cuerpo apoyado sobre su regazo, después de cenar. Ya debería estar en su cama, con sus muñecos y sus sueños de hadas. Sobre sus piernas también apoya un libro. En el silencio de la noche reviven emociones al compás de la palabra escrita.

La ausencia se convirtió en su inseparable compañera ya hace tiempo, pero hoy encuentra continuas referencias que se alían con sus recuerdos y la estremecen hasta cortarle la respiración. ¡Tan temprano se fue!

Suspira mientras recorre con su dedo índice unos versos de Mario Benedetti que le han sobrecogido. Vuelve a leer y susurra casi imperceptiblemente…
― ¡Qué buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo…! (Mario Benedetti)
El amado es una sombra que vaga por el recuerdo… Nunca sabe cuándo llegará; nunca cuándo se irá; nunca cuando la ausencia dejará de ser una herida abierta y una puerta que desemboca en el vacío…